No es una clase de botánica
Pero el camino tiene flores bajo los nativos matorrales
El arroyo cercano los ilumina con el hisopo de aguas cordilleranas
La mano con esperanza palpa y desata el aroma a lavanda
Y acaricia alegremente dos tercios del aíre de la ciudad.
Con la belleza de un abanico disimula el dominio de los vegetales
Y alimenta con su carne de mariposa en celo
Las ansias de vivir.
Su cuerpo alborotado estremece el átomo
Escondite de fibras y materiales infinitos.
Me percato que muchos no saben leer la escritura de los ángeles
El secreto de su orilla de gaviota que reúne en una plegaria
Cielo y mar.
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