Por aquel tiempo trabajé como junior
en un cabaret del centro de Santiago.
Por la noche quitaba manchas de semen seco
a una sucursal del Chasse Manhattan Bank.Cuando me tocaba ir al urinario
alzaba los talones para mirar a través de
un ventanuco el afiche de la Maggie
pegado en el muro al otro lado de la calle.Yo, a la Maggie, no la toco ni con el
pétalo de una rosa. A pesar de los años
que lleva meneando el queque
respeto ciencia médica y religiones.
La Maggie nada tiene que envidiarles
a las fuerzas vivas del voluntariado femenino.
Ella es quien hace el milagro
de hacer sonreír a los maridos de esas señoras. El espectáculo de la Maggie supera con creces
al que dan a diario los jueces de la
ilustrísima Corte, tristísimo
por el lado que se le mire.Una noche vino al baño de acá
"el de allá está muy cochino" -manifestó.
Y yo mismo le vigilé la puerta
para que ningún hijo de perra se colara
mientras ella se encontraba descargando.
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