Al llegar la vejez,
por encima de la ciudad y las luces,
entonamos canciones funerarias
sobre las hojas nuevas y los imaginados árboles.
Nuestro canto se confunde con las noches que arrastran
cadenas y llantos de niños muertos.
De alguna parte viene siempre la vejez
como el viento que trae olor a caballo mojado y muerto.
La luna queda flotando por encima de la vejez
y la muerte
de este caballo blanco
que se va hinchando de estrellas y lluvias con el viento.
Entonamos canciones funerarias cuando desde lejos
llega la vejez a instalarse en nuestros muebles
y el bosque:
acomodados en la ventana y los imaginados árboles
vemos pasar la luna con la muerte del caballo
blanco en la espalda,
y recordamos
nuestros primeros pasos erectos en la desnudez del cielo,
cuando las palabras giraban como peces en el río
o simplemente células perdidas en la caverna.
Volvemos a correr por las imaginadas praderas
en busca del mamut que nos dará calor y carne,
soñamos nuevamente con nuestras anónimas cacerías
al sentir que la muerte ronda por los follajes y la luna,
cantamos,
y las palabras se van quedando sin saliva:
Somos carne cruda que canta
y envejece en su propio canto.
En medio del bosque sin luces
ya no podemos contemplar el crecimiento
de nuestros imaginados árboles.
Sólo atinamos a entonar canciones funerarias
al ver que la luna pasa con la muerte del caballo.En medio del bosque
sólo nosotros escuchamos nuestro canto.
0 Comentarios