Nunca pude entrar en la casa de Zulema.
Tenía miedo de encontrarme allí
En mitad de un fatal merequetengue
Con los huesudos talones de mi padre
o de salir al patio para orina
codo a codo con el fiscal de la Corte.
Una mañana vi parado en el umbral
A mi profesor-jefe. Lentas nubes plomas interferían
El libre acceso a aquella puertas. Ciertas vez, echando mano de todos mis ahorros
Con viriles zancadas me dirigí a casa de Zulema:
Golpeé,
Con las cañuelas tiritando. Tras la puerta, espada en ristre
Gabriel Arcángel
-“ Entra. Te esperábamos.”
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