En la paz de Columbia las hojas se arremolinan a los pies del monumento al General Sheridan. Esas hojas amarillas nos informan que la resurección está en marcha.Como estrellas fugaces pasarán los años a orillas del Potomac. Mas, éstos árboles continuarán floreciendo en los ojos de quienes no le piden a la vida otro poder que el de levantar las manos limpias frente al rostro de las muchedumbres.Las hojas de los árboles conservan aún el temblor de las detonaciones. En las banderas de las embajadas circundantes flamea un testimonio irrefutable: no bajarán en paz, a su tumba, los asesinos; ni comerán sus hijos, con honor, el pan de cada día.La sangre del Canciller, expandiéndose a la velocidad de la luz, atraviesa las montañas, los océanos; salpica las medallas que se prenden –todavía- en las guerreras de parada de ésos quienes creen que podremos, alguna vez, aceptar lo inaceptable.
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