Todas esas gentes que cruzan el río con una cesta de mimbre bajo la manga y la expectativa de pasar un día de grato, ¿habrán traicionado ya sus ideales?Querrán, ellos, contemplar sus propias sombras extendiéndose sobre los techos de la otra orilla, mientras resuenan ecos de ladridos en los callejones.Querrán –por que no- ajustarse el cinturón después de revolcarse en los pastizales, cuando los pequeños hijos han dado cuenta del bizcocho o merodean solitarios junto al abismo de la ribera.Pobres gentes. Desaparecerán de todos modos sin saber qué es lo que les ha traído a este paisaje. ¿Habrán ya hipotecado sus memorias o negociado a tiempo su tajada de porvenir?El río esconde los restos de los antiguos carnavales, cuando ser feliz no representaba ningún peligro.Ahora es el padre quien corre a los brazos del hijo y es de ese modo como se recobra el valor perdido.
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