Estaba fría, y muy sucia.Tu nombre inscrito al final de la listaentre apellidos que no son tuyos.Mi tristeza contagió al cieloy las imposibles lágrimas de mi lagrimal ya secolas diseminó sin mesura el cielo.Las manos se deslizaron por la lápida.Pensé que daba brillo a algo que te encerrabay las retiré con dolor y terror.En esa paloma, que alguien pegó sobre la cruz, puse unas rosas(sonreí, pues llevan tu nombre),una blanca y otra amarilla.La roja la llevé conmigo.Te hablé, te recordé tu promesa de volver,de hacerme ver que eras eterna.Algo me dijo, ¡sí! ¡Lo sentí en elcorazón!,que no me habías mentido.Lo supe mientras susurraba un padre nuestro interrumpido.Serás eterna, amiga,al menos... mientras exista yo.
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