Vi nacer en el agua dos figuras de color.
Dos siluetas confusas que se sabían sin tenerse;
Atentas y vagas a cada roce (caricias transparentes),
dudosas y asustadas por el placer de las olas.
Los trazos se abrazaron y sumergieron renaciendo,
una vez cesada la marea,
en una luz blanca y redonda, brillante e inmóvil.
Sólida y danzante.
Vuelvo a mirar el agua (a estas horas en que mejor se escribe):
veo la misma luz en el cielo,
vistiendo el terciopelo azabache.
Y la luz no está sola,
somos miles de destellos sonrientes
en medio de este mar en que nos hemos reunido. La vida.
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